
El forense
Quirke descubre que el cadáver que tiene en su mesa de autopsias es el de un
amigo de su hija Phoebe: Jimmy Minor, un periodista que se encontraba reuniendo
información para escribir un artículo relacionado con la comunidad tinker
irlandesa –una colectividad nómada que sobrevivía con la venta de quincalla y
chatarra, y con otros negocios más turbios-. El inspector Hackett y Quirke
comenzarán a seguir las escasas pistas que les llevarán a investigar la relación con el caso de la
iglesia católica irlandesa. Un mal trago para Quirke cuyos recuerdos de
infancia en el desaparecido orfanato de Carricklea le perturban de tal manera que él
mismo comienza a dudar de su cordura. Por supuesto, su irrefrenable adicción al
alcohol no le ayuda a mejorar su estado nervioso, ni tampoco las extrañas
derivas del caso ni los personajes con los que se cruza. Por si fuera poco, su
hija Phoebe ha conocido a la hermana de su amigo asesinado y comienza a tener
dudas sobre lo que significa ser una persona normal en la Irlanda de los años cincuenta.
Aquí está el
Quirke más desequilibrado a la búsqueda de justicia. Una justicia que le
sirva para encontrar un sentido a su desestructurada existencia, llena de secretos,
mentiras e hipocresías. Quirke parece incapaz de mantener una relación
creativa, o serena al menos, en su vida y le cuesta expresar sus sentimientos a
los seres que más necesita, pero es difícil que sea de otra manera en una
sociedad irlandesa de la posguerra en la que él ha sido un juguete de los
católicos y de su familia. Quirke sólo es capaz de encontrar algo de sosiego
fuera del ambiente nebuloso y agobiante de Dublín, precisamente entre el lumpen
de esa sociedad, entre los desclasados marginales que han creado sus propias
reglas para sobrevivir de los despojos de un mundo gris y
conservador.
La agilidad de
los diálogos de Banville y su capacidad para sugerir en las descripciones hace
que la novela avance rauda y sin altibajos. Los personajes están dibujados con
mucha habilidad y cada uno cuenta con una personalidad propia y honda. Un
enigma resuelto en el momento adecuado y sorpresas en gotas concentradas llevan
a un final que cierra de manera contundente el caso.

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